Escena

Published on Septiembre 19th, 2014 | by Laura Muñoz

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Un balcón con vistas: el drama que toda comedia oculta

Detrás de cada relación exitosa hay una enorme cantidad de trabajo. Ser padres, amigos, esposas o maridos nos aporta muchos momentos de felicidad plácida, sin duda, pero también tiene una cara oculta de la que pocas veces hablamos:  un batallón ingente de sacrificio, mordidas de lengua y hábitos reprimidos que no es sencillo admitir. Quizá esto se debe a que en ocasiones medimos el amor que sentimos y que nos profesan en función de la capacidad de entrega que requiere. Cuanto más exige más intenso parece, como si de algún modo nos resultasen extrañas las conexiones emocionales sencillas. Y, para colmo, si profundizamos en el asunto hallamos otra capa que abarca todos los engaños perpetrados para enmascarar ese esfuerzo. Ahí están acechándonos las pequeñas mentiras que vamos acumulando y que no dejamos que vea nadie, a veces ni siquiera nosotros mismos.

 

El amor, como casi todo lo que realmente merece la pena, no es fácil. Y si no que se lo digan a Cris (Maggie Civantos), la protagonista de Un balcón con vistas, quien pone un anuncio buscando compañero de piso sin que ése sea su objetivo real, ya que lo que ella quiere es  citar a Diego (Rubén Martínez) para hacerle pasar por su nuevo ligue y así poner celoso a Abel (David Tortosa), su ex, con el que ha quedado para que recoja las pocas pertenencias que aún le quedan en su casa. Por si la situación no tenía todas las papeletas para desembocar en desastre, inesperadamente aparece en escena Luna (Cristina Soria), la auténtica novia de Diego, del que sospecha que tiene una aventura. Y así, entre carcajadas y situaciones surreales entendemos que en toda relación se acaba acumulando suciedad bajo la alfombra.

 

Laura Molpeceres, la autora y directora de Un balcón con vistas, ha logrado dotar a su obra del aroma de clásicos como El apartamento mezclado con la esencia de Una jaula de grillos, siendo todas ellas un ejemplo de comedia agridulce sobresaliente en la que se emplea el humor para hablar de un auténtico drama. Las rupturas sentimentales, la soledad, el desengaño o las dificultades que a veces tenemos para aceptarnos son algunos de los temas que esta fantástica producción pone sobre el tapete. Y lo mejor es que lo hace con sencillez, honestidad e inteligencia, aportando frescura a cuestiones que no necesitan más crudeza de la que generan por sí mismas. A ello contribuyen en gran medida las geniales interpretaciones de sus actores, destacando especialmente el trabajo de Rubén Martínez, quien mantiene con virtuosismo el difícil equilibrio entre sosiego y desenfreno que toda buena comedia de enredos necesita. Por ello recomiendo encarecidamente una obra que nos brinda la oportunidad de asomarnos a un balcón con vistas a la cara oculta de las relaciones, pero que lo hace con un toque de ligereza y gracia más que necesario en estos días de vuelta a la rutina.

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