Escena

Published on Julio 4th, 2014 | by Laura Muñoz

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Pequeño defecto de fábrica: la belleza de lo imperfecto

Ayer llovía a mares en Madrid, como si el secano de la capital en verano sintiera envidia del agua de las costas. Ni siquiera las ciudades se libran de añorar lo que les falta, y mucho menos los seres humanos, quienes buscamos con ahínco la perfección y la aprobación de los demás. Parece algo común en las personas apreciar las carencias muy por encima de las virtudes, y todo esto se ha elevado a la enésima potencia con la aparición de las redes sociales, los selfies y demás patraña moderna inventada para mayor gloria de nuestro egocentrismo (o para fustigar a nuestra autoestima, según se mire). Ya no somos perfectos o imperfectos según nuestros propios ideales, sino que el baremo para juzgarnos a nosotros mismos lo establecemos en base al criterio colectivo. Yo ya no soy “yo y mis circunstancias”, que diría José Ortega y Gasset, sino que ahora tenemos el añadido de los “me gusta”, nuestros followers y las cuatro fotos de postal que hemos subido a Instagram.

 

Pequeño defecto de fábrica profundiza en las apariencias y las inseguridades propias y ajenas a través de la mirada de Borja Roces, creador e intérprete de la obra.  Cuatro paredes, una silla, música y un único actor que encarna las distintas voces que pueblan nuestra mente. Con esto basta para entregar a los espectadores un mensaje rompedor: nuestras imperfecciones son las características que realmente nos convierten en quienes somos, las que nos dotan de personalidad y nos distinguen del resto. Roces defiende con honestidad y desnudez de espíritu este concepto llevándolo al extremo, pasando por fases de indefensión, angustia y miedo, pero también de amor, ternura y plenitud. Su actuación conmueve  y desconcierta a la par, trasladando a su audiencia cuestiones que no deberíamos plantearnos de forma excepcional, sino cada día. ¿Quiénes somos en realidad? ¿La imagen que damos se corresponde con nuestro yo real? ¿Nos enorgullecemos de nuestra trayectoria vital? ¿Limamos las asperezas de nuestras capas superficiales para ocultar las deficiencias de nuestra alma?

 

Hoy en día hacer reflexionar al público es difícil y lograr que sienta algún tipo de emoción resulta aún más complejo. Bastante tenemos ya con llegar a fin de mes e intentar lucir en la playa como Megan Fox, como para que ahora vengan a hacernos pensar en el vacío que todo ello supone. Por eso resulta tan valiente una puesta en escena como ésta, porque incide de una forma cruda y apabullante en toda nuestra hipocresía cotidiana, en los esfuerzos titánicos que realizamos para enmascarar ante los demás y nuestro propio espejo todo lo que nos hace diferentes y vulnerables. Pequeño defecto de fábrica nos invita a abrazar a nuestra celulitis, nuestra alopecia o a esa película que jamás confesaríamos que nos encanta en voz alta, y nos pide que nos amemos sin reservas. Que nos exploremos, que corramos riesgos, que nos mostremos al mundo tal cual somos. A fin de cuentas, la realidad es que la mayoría de nosotros pasamos más tiempo a solas con nuestros defectos que con nuestras virtudes.

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