Escena

Published on Enero 30th, 2014 | by Laura Muñoz

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El cielo ya no es lo que era

El siglo XXI ha empezado convulso, qué duda cabe. Terrorismo internacional, una larguísima crisis financiera global, la primavera árabe, recortes por doquier en servicios básicos para un Estado de bienestar, escasez de liderazgo político, ciudadanos cansados de las tomaduras de pelo de sus gobernantes,… Como diría Amélie Poulain: “No son buenos tiempos para los soñadores”. Muchas personas se sienten desesperadas por encontrar una salida a los males que les asolan, y aquellos que hallan consuelo en sus creencias religiosas claman al cielo pidiendo una solución a sus problemas. Porque aquí abajo nos sentimos desamparados, pero allá arriba se supone que las cosas tienen que ser distintas. Mejores.

 

“Esto ya no es lo que era” debe pensar Dios, porque en Lluvia de ángeles sobre París hasta sus hermosas criaturas aladas se le rebelan. Al parecer, los conflictos con nuestros superiores no son exclusivamente terrenales, y por ello el Altísimo decide expulsar a los insurgentes del paraíso. Sin embargo, los querubines sonrosados y ataviados con pañales de la imaginería popular poco tienen que ver con los protagonistas de esta obra, quienes elaborarán planes disparatados a fin de plantar batalla al Todopoderoso y hacer las cosas “como Dios manda”. Y viendo cómo está el panorama, la verdad es que un poquito de razón no les falta.

 

Alfonso Sastre ha creado una comedia con tintes policíacos novedosa, delirante y divertidísima tanto en el fondo como en las formas. Lluvia de ángeles sobre París no sólo resulta fresca por lo inusual de la idea de la que parte, sino que su realización también es ingeniosa. Los actores representan su texto y de cuando en cuando “salen” de él para realizar aportaciones personales y darle al autor su propio punto de vista en cuanto al enfoque o la trama. Antonio Malonda, el director de la obra, ha realizado un espléndido trabajo con los intérpretes, ya que están fabulosos siguiendo el guión o sirviendo de narradores. Sus personajes tienen fuerza y resultan sorprendentemente naturales a pesar de lo poco verosímil que es esta historia a priori: un Ángel Custodio que se enamora de una “dama de la basura” de lo más ingenua, un arcángel que trabaja como piloto de Air France, un empleado de banca sexagenario, un inspector de policía arrogante enamorado de su cándida secretaria,… Todos ellos conforman una macedonia de protagonistas de lo más hilarante, en la que el reparto al completo está sobresaliente, sin que flojee ninguno de los actores. Destaca especialmente Javier Sotorres, quien demuestra una vis cómica excepcional como el comisario Leclerc, y su trabajo corporal es exquisito cuando se transmuta en el cajero Ruperto.

 

Esta historia tan utópica logra ser creíble gracias a los actores y, sobre todo, por sus diálogos ágiles, inteligentes y desenfadados. Lástima que la última vuelta de tuerca pretenda dar un toque de cordura al asunto, porque este delirio desenfrenado llega a su punto más alto cuanto más surreal es la situación sobre las tablas. Apostemos un poco más por la demencia escénica, que suficiente cotidianidad tenemos ya en nuestro día a día. Al finalizar esta obra te das cuenta de que estos ángeles parisinos sí que logran alcanzar su objetivo, ya que consiguen cambiar un poco la realidad de los espectadores a golpe de carcajadas, chispa y locura.

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