Exposiciones

Published on Marzo 11th, 2014 | by Daniel Villanueva García

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La imagen y el mito del artista de posguerra

Otto Wolfgang Schulze nació en Berlín en 1913, y durante su corta vida fue testigo  de la Primera Guerra Mundial, el ascenso del partido nazi (motivo por el cual se exilió a París) y la Segunda Guerra Mundial. Este contexto histórico convulso y de pobreza extrema, que internaliza hasta su prematura muerte en 1951 (unos dicen que por alcoholismo, otros que por comer carne podrida), lo convirtió en una figura con un aura de prototipo de artista de posguerra o artista maldito.

 

Su producción artística son dos polos aparentemente opuestos pero con grandes conjunciones. Va desde el dibujo con pocos colores, de las figuras del organismo biológico vistas por microscopio, hasta los dibujos de identidad orgánica del cosmos, así como su vida tanto de fotógrafo de la realidad histórica a partir de la captación de pequeños elementos de la calle como reflejo universal. Artista bisagra que capta el Surrealismo parisino de 1931, que enlaza con la Abstracción lírica de la primera etapa de Kandinsky, para pasar por el Art Brut de Dubuffet y el Outsider Art, hasta ser considerado como el padre del Tachismo y el Informalismo. Explora una visión espacial que desarrollarán artistas de la talla de Giacometti, Dubuffet, Fautrier, Tinguely o Vassilakis Takis. Dibujos que van desde la sofisticada línea onírica, detallada, minuciosa, sofisticada, hasta grandes cuadros pintados de forma tosca con abundante masa pictórica. Fue su consideración de artista maldito, semi-vagabundo, lo que le ha dado una mala valoración historiográfica, prefiriéndose a artistas de culto o intelectuales más agradables para el estudio del arte occidental.

 

La exposición Wols: el cosmos y la calle (en el Museo Reina Sofía hasta el 26 de mayo) intenta no ser una perspectiva cronológica (cosa imposible, ya que el autor no ponía nombre ni fecha a sus obras) sino una visión global de su labor artística.  Sus trabajos se agrupan en “cosmos”, dibujos que intentan explicar la energía vital universal explicada mediante fluidos de formas orgánicas, y “la calle”, mundo humano, elemental, paradójico y prosaico. Obras como resultado de la catarsis de la destrucción biológica en una metáfora microscópica.

 

Estamos ante uno de los autores más importantes e influyentes del siglo XX, cuya genialidad no ha sabido ser promocionada, exaltada, divulgada ni explicada por el museo. Aunque pretenda rescatarlo de las galerías y enseñarlo al público español, el número de obras y la poca importancia dada a un artista de tal magnitud deja mucho que desear. No sólo su figura, sino en general todas las que conforman las artes alternativas no han sido bien tratadas por las instituciones oficiales, siendo quizá Dubuffet el que ha salido mejor parado al tratarse del más académico de todos….¡Y menos mal! Probablemente, lo último que habrían querido estos artistas es pertenecer a la cultura oficial europea. Su arte no surgió en contra, porque la contracultura o el hecho de ir contra la moda como un disgusto hacia ella es una moda en sí misma…pero el arte marginal se genera desde el interior, y es precisamente su característica de ser algo individual lo que hace que no se vea afectado por las corrientes formales de las distintas culturas. Es, por tanto, el arte más libre, imaginativo y mágico que existe.

 

Si se inserta el arte que nació en la periferia de la cultura “oficial” dentro de ella, éste pierde todo su significado. Es como ver una pintura barroca creada para un altar en un museo minimalista. La obra perdería su potencial expresivo, y en cierta medida lo mismo ocurre con esta colección. No se puede usar una sala tan grande, tipológicamente como espacio cubo-blanco, para colgar pequeños dibujos en sus paredes.

 

El debate del arte outsider es uno de los más complejos. Artistas borrachos, locos, marginados, vagabundos o que incluso quieren ser niños. Un arte que pretende imitar el que hacen los niños de parvulario pero que se compra por miles de dólares puede resultar indignante. Como el hecho de aquella inclusión de una obra de un niño en una galería que fue adquirida por un particular a cambio de una gran suma, o la historia del vagabundo que se coló en ARCO y fue “comprado” por 150.000 euros con el certificado de “técnica mixta sobre cartón: hombre maloliente, orín y vino”. ¿Hasta dónde nos puede llevar esta paradoja sobre la concepción artística? Nadie niega que el arte de Wols sea arte, pero aún no se conoce la debida forma de exponer este tipo de obras en un museo. Mención aparte merece el debate sobre qué hubieran pensado los artistas outsiders de que sus trabajos formaran parte del sibarita mundo del arte contemporáneo.

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