Música

Published on febrero 15th, 2014 | by Laura Muñoz

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La honestidad por bandera

Madurar es un proceso difícil y, en muchas ocasiones, triste. Crecer supone una renuncia, pagar un precio. Hacer elecciones y asumir sus consecuencias. Es darnos de bruces con una realidad que puede resultar hostil e intentar aprender de los golpes. Lo que nos duele no es el hecho mismo de la transformación, sino el paso intermedio y el rechazo inicial que nos produce. Esa lucha a brazo partido y esa inestabilidad siempre generan temor, y eso nos hace sacar lo mejor y lo peor que llevamos dentro. Por eso casi todos hemos sido adolescentes insufribles y por ello a veces actuamos como niños, tratando postergar lo que de forma irremediable está en nuestra naturaleza: cambiar.

 

Manuel Cabezalí es un músico con un largo recorrido a sus espaldas. Cantante de Havalina, grupo fundamental para entender el rock español de calidad, también ha resultado ser un productor excelente, como ha demostrado en sus trabajos con bandas como Pasajero o Rufus T. Firefly. Sin embargo, a pesar de tener una carrera tan prolífica aún había registros que se le resistían, todavía tenía recovecos interiores que explorar. El pasado jueves fuimos testigos de esa evolución personal y profesional en el Teatro del Arte, observando desde la oscuridad de nuestros asientos cómo Manuel Cabezalí había utilizado todo el dolor, la angustia y la serenidad de la aceptación ante la madurez para crear Pequeño y plateado. No estaba solo en este proceso de desnudez íntima, ya que Aurora Aroca (violonchelo y teclado) y Daniel Richter (teclado y percusión) le flanqueaban a cada lado del escenario. La química entre los tres músicos es impresionante, quedando cada instrumento al servicio de la calidad vocal de Cabezalí. Su voz es un cauce cristalino, honesto y en calma que, en compañía de una guitarra clásica, se abre camino entre pasajes oscuros para conducirnos hasta un mar refulgente.

 

La sencillez del montaje (un desabrigo compuesto por sillas y luces enfocando directamente a los artistas y sus instrumentos) estaba en absoluta consonancia con la filosofía de Pequeño y plateado: sobriedad, elegancia, franqueza, ingenuidad, dulzura y luminosidad. Amor felino abrió el concierto, dando paso a Pequeño y plateado y Otro traje. Tiernos arrullos para adultos que huyen del bullicio y la banalidad. Había cierta timidez en los artistas y mucho respeto en el patio de butacas, pero sobre todo se creó una burbuja confortable, de sorprendente familiaridad. Una comunión perfecta entre la música, que fluía con libertad y virtuosismo, y el público. Cabezalí mostraba la complejidad de su primer trabajo como cantautor con Puentes, En el suelo, Humo fuera o Sombras. Amargura, sabiduría, soledad, amor, indecisión, plenitud,… Es maravillosa su capacidad para captar el esplendor de las pequeñas cosas, de esos sentimientos que rara vez expresamos en voz alta. Cabezalí actuó en solitario cuando le llegó el turno a La estancia y El encontronazo, y cuando regresaron sus compañeros nos deleitaron con unas versiones sobresalientes de Por la noche y Ley de la gravedad, su imprescindible tributo a Havalina. Uno de los mejores momentos de la velada nos lo brindó la hermana del cantante, quien también se unió al espectáculo para poner voz a Tower of Song, de Leonard Cohen, en una actuación que acabó entre risas y afectuosos aplausos. El homenaje al fallecido Germán Coppini con No mires a los ojos de la gente fue sencillamente espectacular.

 

Las letras de Pequeño y plateado reflejan con maestría el proceso tan complejo, inquietante y magnífico que es vivir. “Qué difícil es a veces asumir la felicidad”…y qué maravilloso es asistir a un ejercicio de honestidad tan deslumbrante. Manuel Cabezalí, a pesar de su dilatada experiencia, ha demostrado que sigue creciendo como músico, saliendo de su zona de confort y abogando por la sencillez. Es el líder de una banda de rock, pero ha huido de la densidad y la dureza del sonido que caracteriza a su grupo para despojarse de todo y llegar al hueso, a lo básico. Para convertirse en el adalid del amor por el cambio.

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