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Published on octubre 17th, 2013 | by Laura Muñoz

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Un debut literario con sabor a clásico

Comencé a leer la novela Intemperie movida por la curiosidad, ya que siendo Jesús Carrasco, su autor, un desconocido hasta la fecha, ha logrado posicionarse como una de las más exitosas novedades editoriales del año. La llevé conmigo a mis vacaciones festivaleras, pensando en que me acompañase mientras me tostaba al sol esperando al próximo concierto. No fue una buena idea. No es éste un libro de lectura sencilla, de los que se aparcan para rellenar los ratos muertos del viaje en metro. Intemperie es un texto exigente, ya sea por la complejidad de las ideas que vamos desarrollando a medida que avanza la trama, por su lenguaje (un vocabulario complicado, pero necesario, aunque a veces resulte enrevesado para el lector urbanita) o simplemente por la adicción que genera desde sus primeras páginas y que lleva a dedicarle tiempo, aunque sea quitándonos minutos de sueño.

El libro se inicia con la huida de un niño hacia lo desconocido, mientras es perseguido por un alguacil y otras personas de su pueblo. Pocas pistas nos ofrece Carrasco sobre el periodo de tiempo o el lugar en que se encuentra su protagonista. Parece no querer distraer al lector con datos que, en realidad, poco aportarían a la historia. Yo lo sitúo en campos andaluces o extremeños, quizá por mi procedencia, en parte por la aridez que se desprende de las descripciones del terreno. Todo lo que el autor omite en unos aspectos lo reitera en otros, haciendo especial hincapié en una tierra hostil, que dificulta la vida de quienes la pueblan. Uno de los mayores aciertos de la novela es el título que le da nombre, ya que por sí mismo evoca un panorama yermo, una aventura inhóspita. Esto me llevó a cuestionarme qué llevaría a un muchacho a dejar las comodidades que todo hogar ofrece, por humilde que sea, y cometer el riesgo de una andadura solitaria.

Es ésta una historia lineal, sin regresiones al pasado. El protagonista sólo piensa en el futuro inmediato, en sobrevivir un día más y conseguir burlar a quienes lo buscan. No tiene más meta que ésta, y ello invita a especular también sobre sus motivaciones, sus esperanzas y sus miedos. Resulta muy enriquecedora esta complicidad entre Jesús Carrasco y sus lectores, ya que uno puede completar con su imaginación todo lo que el autor no llega a desvelar, que no es poco. Es curioso y digno de alabanza lo bien desarrollados que están los personajes, especialmente el niño y el cabrero, teniendo en cuenta la escasez de descripciones que se hace de ellos. Y, sin embargo, se llega a sentir una enorme empatía hacia unos protagonistas de los que ignoramos hasta sus nombres y que apenas mantienen diálogos. En este sentido, el autor recuerda al McCarthy de La carretera, con esa búsqueda desesperada de un futuro mejor en la senda del camino. Me pregunto si, como en Cumbres borrascosas, el autor quería reflejar cierto paralelismo entre la sequedad de los parajes y la dureza del carácter de sus habitantes.

Uno de los mayores placeres que la literatura nos brinda es poder crear con nuestra mente nuevos mundos, llegar a experimentar como propios los padecimientos y alegrías no ya de otro ser humano, sino de alguien que ni siquiera es real. Éste es un arte que admiro inmensamente, y a mi entender el autor lo domina a la perfección. Qué capacidad tiene para hacernos sentir la dentellada del hambre en el estómago vacío, la fatiga de caminar bajo un sol abrasador, la gratitud de encontrar protección en quien no se espera hallarla y la desolación de un paisaje adusto, que a ratos es el verdadero protagonista de la novela.

Al contrario de lo que pudiera parecer, no considero que ésta sea la historia de una huida, sino de una búsqueda. Esta es la idea más hermosa de cuantas he extraído de Intemperie: la persecución de la dignidad, incluso cuando las condiciones no la favorecen. Los personajes principales, un niño y un cabrero al que le pesan los años, no son héroes literarios al uso. En principio podríamos pensar que se trata de personas desvalidas, con pocos recursos, que todo lo que pueden hacer es resignarse y esperar a que la vida les reparta mejores cartas más adelante. Nada más lejos de la realidad. Hay en ellos una fuerza, una determinación y una bondad, pese a las situaciones tan feroces que tienen que atravesar, que llevan a sentir esperanzas cuando todo parece perdido. A anhelar las lluvias redentoras del norte y su verdor, para que al fin las cartas sean las correctas.

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