Música

Published on Febrero 12th, 2014 | by Laura Muñoz

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Música para el deshielo

Ayer soplaba en Madrid un aire gélido, de ése que te obliga a apretar el paso y deja la ciudad con un aspecto casi desértico. El frío invitaba a buscar refugio, y pocos sitios son tan propicios para ello como el Costello (Caballero de Gracia, 10). De aspecto neoyorkino, chic y con un toque bohemio, siempre se ha caracterizado por ser un club pequeño que, sin embargo, alberga a artistas de talento inmenso. Anoche les tocó el turno a Igloo, como si se hubiesen puesto de acuerdo con el clima en una excelente campaña de marketing. También se percibía esa magnífica simbiosis entre el grupo y el Costello, ya que su sala se asemeja a un iglú de ladrillo visto y conductos de ventilación. Una banda que se conjura con las heladas y la ambientación ya tiene mucho terreno ganado.

 

Igloo son un grupo que tiende a evocar viajes siderales, búsquedas de quimeras y ensoñaciones espaciales, como si este mundo nuestro se les quedase corto. Su concepción de la vida es como la del poeta enfocado en descubrir la belleza de cada instante, por insignificante que éste sea. El amor, la imaginación y la honestidad en su exposición son los pilares en que sustentan su arte, comprometido con la fragilidad de lo efímero. Sus letras, cargadas de romanticismo, melancolía y delirio, recuerdan constantemente a Maga, conjunto con el que comparten filosofía. Lo que hace que no caigan nunca en un exceso de sentimentalismo es la enorme fortaleza de su batería, el rastro firme del bajo y el ímpetu de su guitarra, acompañados de cuando en cuando por unas notas de teclado y sintetizador. Esta combinación de delicadeza y vigor me hace rememorar a Los Planetas, grupo de referencia para cualquier banda española con sonido indie.

 

Las luces del escenario, destellos láser de colores vivos, parecían aludir al verde de las auroras boreales, el azul de las exploraciones árticas y el rojo de los desplazamientos a Marte. El espacio reducido y el público poco numeroso invitaban a crear una atmósfera aún más íntima, más fantasiosa. Empezaron con Al otro lado del Universo, haciendo énfasis en que lo suyo son las aventuras galácticas. Poco a poco fue llegando el deshielo, con una actuación in crescendo que también es palpable en los tempos de sus canciones. Igloo arrancaron tímidos, pero a partir de Sinatra fueron entrando en calor, desapareciendo cualquier rasgo de tensión. La voz de Beni Ferreiro, cálida y serena, parecía pasar de la nostalgia a la ilusión o la rabia como si de un funambulista se tratase. Este grupo se maneja sobre los alambres emocionales con soltura, encontrando sus puntos fuertes en los extremos. En ellos, en el término medio no se encuentra la virtud. Su setlist estuvo compuesto a partes iguales por temas de La transición de fase (2009), Infinito (2011) y Conjunto vacío (2013), álbum que supone su trabajo más completo hasta el momento. Dejaron lo mejor para el final, mentando a héroes estelares como Han Solo o entusiasmando a su audiencia con Sin mentiras. Al terminar su actuación la noche madrileña parecía menos glacial.

 

Fotografía: Laura Zapater Urrea.

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