Escena

Published on diciembre 14th, 2013 | by Laura Muñoz

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Lo esencial es invisible a los ojos

“Todas las personas mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)”. Ésta es una de las frases que encontramos en el inicio de El Principito, libro que leí por primera vez cuando tenía nueve años. Mi mente infantil la reprodujo de forma literal, como suele hacerse cuando se es pequeño, y no entendía cómo alguien podría olvidar una etapa fundamental de su vida. Sin embargo, un buen día despiertas y ya andas cerca de la treintena, y te das cuenta del auténtico significado de estas palabras. La edad hace presa de todos nosotros y es inevitable que perdamos, en mayor o menor medida, parte de la fantasía e ilusión que teníamos en la niñez. Precisamente por eso es importante que algo o alguien nos recuerde que hubo un día en que nos entusiasmábamos cuando nuestra madre nos preparaba nuestro plato favorito, podíamos dedicar una tarde entera a jugar con una caja o nos enamorábamos de un compañero del colegio simplemente por su risa. Las cosas más sencillas y valiosas pueden resultar extrañas desde el prisma de un adulto.

 

Antoine de Saint-Exupéry sabía mucho de esto. Aún miraba al mundo con ojos cándidos y gracias a ellos nos legó uno de los personajes más amados de la literatura universal: un pequeño príncipe que vivía en el asteroide B-612 y pasaba su existencia contemplando puestas de sol, deshollinando volcanes, arrancando las malas hierbas y cuidando de su rosa. Una vida plácida, sin duda, pero también un poco solitaria. Porque amaba a su flor, es cierto, pero a veces no la entendía e incluso le costaba disfrutar de su compañía. ¿Habría más como ella en otros lugares? ¿Qué encontraría en su periplo por el universo? ¿Lograría hacer amigos?

 

El reto de llevar El Principito al teatro se me antoja inmenso. Este precioso cuento para niños y adultos ha vendido unos 145 millones de ejemplares desde su publicación en 1943, así que miles y miles de personas lo hemos recreado en nuestra imaginación. Somos muchos los que hemos usado una bandada de pájaros como método de viaje o hemos pedido insistentemente un cordero. Sergio Sáldez, director de la obra y responsable de su adaptación, puede sentirse orgulloso del trabajo realizado. Su Principito es muy respetuoso con el texto, ya de por sí maravilloso, con lo que tenía garantizado buena parte de su éxito. Me encantó poder ver de fondo los dibujos con los que Antoine de Saint-Exupéry ilustró su libro, y también están muy bien solventados los saltos de nuestro pequeño príncipe de un planeta a otro. Lo mejor de este libro es que logra plantear con un lenguaje aparentemente sencillo, aunque muy poético, cuestiones tremendamente complejas: la soledad, el anhelo de encontrar afecto sincero, el amor y sus sacrificios, el sentido de la justicia, la responsabilidad para con quienes “domesticamos”, el miedo a la muerte,…Ninguno de estos temas se eluden en su representación teatral. A través del aviador perdido, el zorro, el vanidoso o el hombre de negocios asistimos a una lección vital impagable. La decoración, la música y los efectos sonoros son modestos, pero también contribuyen de forma notable a meternos en ambiente. A fin de cuentas, El Principito profundiza en el valor de las cosas sencillas.

 

La otra enorme baza con la que cuenta esta adaptación teatral es la calidad de sus actores. Recae sobre Alberto Arcos el difícil papel de representar a este príncipe espacial dotado de una curiosidad y una delicadeza infinitas. He de reconocer que nunca he acabado de creerme a los adultos que interpretan personajes infantiles. Siempre me parecen forzados o ñoños, sin la gracia y espontaneidad que debería caracterizarles. Sin embargo, en esta ocasión el actor está absolutamente brillante. Desde el primer momento ves a un niño que te saca risas francas o te enternece con sus reflexiones. Su trabajo corporal es exquisito, ya que simplemente con sus gestos y su voz logra evocar emociones muy intensas. No podría haber un Principito mejor ni más luminoso. Jesús Amate también está soberbio en su papel de aviador y narrador de esta historia, pasando de la formalidad inicial a la dulzura final. Representa magistralmente a todos los adultos que han dejado de lado sus fantasías, pero que se sienten ávidos de recuperarlas. También he de resaltar la chispa de Kiko Gutiérrez interpretando a un rey que no tiene sobre quién gobernar y, sobre todo, a un zorro lleno de sabiduría y gracejo andaluz.

 

Al ser una función familiar la mayoría del patio de butacas está ocupado por niños, lo que también aporta una dosis extra de magia a la representación. Es fantástico escuchar sus risas o ver sus caras de ilusión, y de algún modo te ayudan a tener una visión más inocente y retrotraerte a los tiempos en que eras capaz de ver elefantes dentro de boas. En El Principito está reflejada la naturaleza de la vida, y también de la muerte. Lo curioso es que los niños parecen entenderla mucho mejor que los adultos. El Principito tuvo que recorrer miles de kilómetros para anhelar volver a casa, pues allí tenía todo cuanto amaba. El aviador tuvo que perderse en el desierto para encontrarse consigo mismo y recuperar sus ilusiones. Los espectadores necesitamos obras de este calibre que nos recuerden que no se ve bien sino con el corazón, ya que lo esencial es invisible a los ojos.

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