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Published on Diciembre 16th, 2013 | by Daniel Sánchez

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Cuando la vida no vale nada

En un mundo donde nos encontramos rodeados de comodidades conviene repasar de vez en cuando qué tipo de cosas son las verdaderamente esenciales. Aspectos como la libertad o la dignidad a menudo quedan desprovistos de la atención que se merecen por nuestra parte, pero que pasan a cobrar una importancia vital si somos privados de ellos. En otras palabras, el tipo de logros por los que nuestros antecesores lucharon en el pasado y que a día de hoy hemos asimilado como una parte más de la esencia de la condición humana. A grandes rasgos, de eso trata Doce años de esclavitud, una película basada en la novela autobiográfica de Solomon Northup, reputado violinista y hombre libre de Saratoga, Nueva York, quien fue secuestrado y vendido como esclavo a una plantación sureña en los albores de la Guerra de Secesión estadounidense. Con un reparto excelente, compuesto por actores de la talla de Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Brad Pitt, Sarah Paulson y Paul Giamatti, la cinta está dirigida por Steve McQueen, quien ya trabajara con Fassbender en sus anteriores obras: Hunger (2008) y Shame (2011).

 

Doce años de esclavitud contiene escenas memorables y de una intensidad cinematográfica altísima, y es que sin lugar a dudas estamos ante una de las mejores películas de los últimos años, con muchas papeletas de estar entre las grandes nominadas a los Oscar. Si ya pudimos ver algunas escenas de la vida de los esclavos afroamericanos en Django desencadenado, la cinta de McQueen profundiza mucho más en el tema y no tiene nada que envidiarle a obras como la mítica serie televisiva Raíces, uno de los principales referentes del género en el medio audiovisual. Más allá de reflejar la realidad social de un país lastrado por las desigualdades y al borde de la guerra, el director se sirve de sus personajes para zambullirse en lo más profundo de la crueldad y el sadismo humano y la lucha por adaptarse al medio, cuando la línea que separa lo civilizado y lo animal es difusa.

 

El protagonista, magistralmente interpretado por Chiwetel Ejiofor (Hijos de los hombres, American Gangster), comenta en los primeros días de su cautiverio que va a luchar por volver a ser un hombre libre y respetado. Sin embargo, a medida que se va adaptando a su nuevo rol se contenta con sobrevivir, callando en ocasiones ante las injusticias que sufren sus compañeros, lo que le ocasionará un gran tormento interior. Al estar expuesto a situaciones límite por sus arrojos de valentía, descubre que lo mejor para no levantar sospechas entre sus amos es pasar desapercibido entre el resto de sus compañeros, por lo que acabará renunciando con el tiempo a sus dotes de músico y hombre culto, viéndose así reducido al estatus de una bestia de carga.

 

Pero si la interpretación del protagonista principal es impecable, no menos intenso es el papel de Michael Fassbender (Prometheus, Malditos bastardos) que a pesar de hacer de esclavista alcohólico y torturador, sin el más mínimo aprecio por la vida humana, deja entrever un patetismo muy propio de nuestra especie, actuando en ocasiones como el pelele de su mujer, una brillante Sarah Paulson (American Horror Story) que es todo un lobo con piel de cordero. Ambos personajes conforman un excelente retrato de la parte más oscura de la sociedad de la época, acostumbrada a un ritmo de vida lujoso y decadente, sin mostrar el más mínimo aprecio por sus sirvientes, a los que trataban como mercancía.

 

Nos encontramos ante una cinta excelente tanto en su contenido como en su mensaje, pues a pesar de que Solomon utiliza distintas armas para hacer frente a las adversidades siempre acaba prevaleciendo su espíritu de lucha. Un espíritu que debería estar siempre vigente, sobre todo en estos tiempos de crisis y vacío moral, pues las libertades de las que hoy gozamos nos pueden ser arrebatadas en cualquier momento y sin previo aviso.

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