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Published on octubre 19th, 2013 | by Guillermo Malagamba Triana

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La química es nuestra amiga

AVISO: CONTIENE SPOILERS

Era un local más bien pequeño, sin ventilación, la puerta era corredera de local comercial sin
puertas interiores con pomos y embellecedores; la única iluminación que tenía era un tubo
fluorescente, dentro estaba la fauna que por ahí andaba siempre: el hombre de la riñonera
que te daba el cambio, el que literalmente vivía allí mirando cómo la gente jugaba y que se
ofrecía a todo el mundo para superarle una pantalla difícil, sacrificando todo su día a cambio
de tener la suerte de jugar 20 segundos – yonkis del píxel los llamaba un amigo mío – y demás
jugadores de videojuegos. Era más o menos 1991, el año en el que mueren Frank Capra y Stan
Getz, el mundo cambia para siempre con la desintegración de la URSS y los Bulls de Jordan y
Pippen ganan su primer anillo de la NBA; en las radios atrona Nevermind, segundo disco de un
trío de Seattle que se convirtió en símbolo de un nuevo sonido en el rock y que abanderó a la
Generación X.

Servidor, que ya contaba con 11 años, no era consciente aún de que el mundo estaba cambiando,
y allí en aquel salón tampoco me di cuenta de que también el mundo del videojuego estaba
cambiando, tampoco lo hacían todos los que en una de las máquinas guardaban cola para echar
sus cinco duros. Allí estaba Street Fighter II con el que Capcom pegó una patada a la industria.
Yo no lo sabía, pero estaba ante el nacimiento de un Instant Classic que dicen los anglosajones.

Pasaron los años – no quiero ni contar cuántos – y ahora habiendo vivido a nivel televisivo los
80, que incluyeron El Equipo A y El Coche Fantástico entre otras, habiendo vivido los 90 que
fueron para Friends o Los vigilantes de la playa, nos hemos metido en el siglo XXI y las tornas
han cambiado, de repente el talento de la industria audiovisual ha pasado de la pantalla grande
y las palomitas a las teles en HD; internet ha revolucionado la capacidad de los espectadores
para el análisis y la sorpresa, en general el público de series se ha vuelto exigente y crítico. Ya
no tengo (tenemos) 11 años ni vemos El Gran Héroe Americano porque es lo que echan en la
sobremesa de TVE. Ahora elegimos, ahora reconocemos un buen producto cuando lo vemos,
ahora sabemos que Breaking Bad es una obra maestra. Vaya si lo sabemos.

Porque es así, las andanzas de Walter White/Heisenberg y su viaje a los infiernos se han
convertido en un clásico instantáneo, en un hito de la cultura pop. Nuestro químico favorito está
en el Olimpo de los personajes de la ficción audiovisual, junto a Travis Bickle, Don Draper,
Jack Bauer, Tyler Durden o Homer Simpson, y Breaking Bad se ha convertido por derecho en
un referente como lo fueron y lo son Los Soprano o The Wire. Pero hay un pequeño matiz, algo
que distingue a la creación de Vince Gilligan de otras series: el viaje, la travesía homérica.

Quiero decir, parece existir cierta tendencia en muchas series modernas por colocar el foco de
personaje principal de la historia a un maleante, a un delincuente, a alguien que quebranta las
leyes a su antojo; no sólo es algo que antes era impensable, es además una especie de fórmula
de éxito: Tony Soprano es un mafioso de Nueva Jersey, Dexter Morgan un forense que asesina
en sus ratos libres, Nucky Thompson un híbrido entre político y contrabandista, Philip y
Elizabeth Jennings agentes del KGB en suelo americano… casualidad o no, en todos tenemos al
personaje presentado así, pero con el señor White la cosa es distinta. Vemos la transformación,
vemos el itinerario, desde que pone el intermitente para coger la salida al camino del crimen,
desde sus torpes inicios hasta momentos imperiales y gloriosos, terminando con la expiación ¿o
no?

Situémonos al principio, Walter en el desierto, sale en calzoncillos de una caravana donde está
cocinando meta, se guarda una pistola y graba una confesión con voz temblorosa en vídeo.
Estamos ante un hombre asustadizo, para sus congéneres un auténtico panoli. Unos días antes
de la escena del desierto, su cuñado le mira por encima del hombro y le dice que a ver si va con
él a ver una redada de la DEA y le pone acción a su vida por una vez, Walter ríe con suficiencia
y responde con voz entrecortada la socarrona sugerencia de su cuñado Hank.

Y de repente, el pelotazo. Walter tiene un cáncer inoperable. De repente le importa todo un
pimiento ¿qué tiene que perder? Total, ya está muerto. Escarmienta a unos escolares que
molestaban a su hijo, sugiere a su jefe del lavadero de coches por dónde se puede meter
el empleo y se hace un agarre a la huevada, contacta con Jesse Pinkman – uno de sus ex
estudiantes, por cierto muy calamitoso – y ahí empieza Heisenberg. Incluso su mujer se extraña
al ver su nuevo comportamiento en el catre.

Tras eso secuestra y mata a Krazy-8 tras mucho pensárselo, sin muchos escrúpulos religiosos
decide que lo mejor es disolver el cuerpo en ácido, a eso le siguen unas torpes negociaciones
con el capo local que le llevan a amenazar con explosivos a la banda de traficantes, eligiendo ya
el nombre de Heisenberg de forma definitiva – hasta el nombre está bien elegido, Heisenberg,
físico alemán que formuló el principio de incertidumbre, como la incertidumbre que planea
sobre la cabeza de Walter White – robo de sustancias químicas, mentiras y más mentiras en casa,
el asesinato de Tuco Salamanca o el ver morir a la novia de su socio Jesse ahogada en su propio
vómito. Sin contar con atropellos, envenenamientos a menores… pero todo es por la familia.

Es empezar Heisenberg y empezar como el que no quiere la cosa el baile de referencias directas
o indirectas, la amalgama de fuentes de donde Gilligan muy oportunamente bebe para darnos
a todos la mejor de las borracheras; la familia por la que se hace todo, ya desde que Walter se
plantea si matar o no matar a Krazy-8 y hace una lista de razones, tiene toneladas de motivos
en contra de hacerlo y sólo uno a favor: si no lo haces matará a tu familia. Con eso basta, por
la familia se hace todo ¿les viene a la mente El Padrino? Quizá no, pero cuando Walter a toda
costa se quiere quedar en casa con su mujer y sus hijos habiendo descubierto Skyler la verdad,
él hace lo imposible por estar con su familia; “¿Pasas tiempo con tu familia? Bien, porque un
hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser considerado un hombre de verdad”
dice Don Vito Corleone a Jimmy Fontaine; también tenemos la referencia clara de que un
hombre debe proveer a su familia, en aquella conversación con Gus Fring, el fundador de Pollos
Hermanos, le dice que un hombre debe ocuparse de su familia, se piense lo que se piense de él.
Como hacía Michael Corleone pensara lo que pensara Kay Adams.

Pero que nadie se lleve a engaño, Heisenberg no es un héroe, tampoco un villano. Es un
antihéroe con todas las de la ley, ley que ejerce precisamente su cuñado Hank que tiene quizá
más de héroe de Walter: supera un intento de asesinato y su tenacidad le pone sobre la pista de
Gus Fring, finalmente de casualidad descubre a Walter y sin dudarlo un instante cumple con su
deber, lleva a rajatabla el código moral que Walter retuerce a su conveniencia, deja sus reparos
familiares y fija claramente su objetivo.

Pero Hank es solamente uno más de una galería de personajes escritos con muchísima
profundidad, la mujer de Heisenberg que por cierto se ha convertido en uno de los personajes
más odiados de la televisión, pasa de víctima a ejecutora, incluso se convierte durante
muchísimo tiempo en una china en el zapato de Walter; es un ejemplo perfecto de lo que es
llevar una doble moral y llegar incluso a sentirte cómodo con ello. ¿Walter me miente con sus
actividades? Yo me acuesto con mi jefe, pero ojo que la culpa es de él, que yo soy la víctima. Al
final la propia Skyler está tan metida en el asunto como el propio Walter, para la retina de todos
ha quedado ese momento con su cuñado Hank gritando “Am I under arrest?” entre lágrimas,
porque sabe que el efecto tóxico de las actividades de Walter se la ha llevado por delante, que
ha lavado dinero a conciencia y que tiene dinero para vivir más de 10 vidas tranquilamente.
¿Hasta qué punto quiere salvar a Walter y hasta qué punto el dinero? Y puestos a preguntar,
¿por qué Walter no se salió del camino criminal cuándo le dijeron que estaba muchísimo
mejor de su cáncer? Obviamente el químico tiene que lidiar con la dualidad Walter/Heisenberg
(¿referencia a Stevenson?). Y además, uno no sale del mundo criminal así como así, ya les
habrá venido a la cabeza y si no lo sugiero yo: Atrapado por su pasado y la lucha por tomar las
riendas de su vida de Carlito Brigante.

Sea como fuere son algunos de los sentimientos que están perfectamente retratados en esta serie,
llena de emociones intrínsecas de la condición humana. El imperio de la droga que siempre
estará ahí (primero mandaba Fring y después el grupo de neonazis), la necesidad de proteger
a la familia (desde el propio Walter hasta el matón Mike, expolicía encargado de la seguridad
del imperio Fring, asesino y afectuoso abuelo), el sentimiento de culpa que por ejemplo tanto
vemos en Jesse, (él nunca se perdonó a sí mismo por cómo ha tratado a sus padres y sobre todo
a su hermano, sentimiento que se ha convertido en su talón de Aquiles toda la serie), la situación
con los camellos de Fring que venden y usan a niños y que se convierte en la primera crisis con
el capo chileno, la muerte del niño de la moto después del asalto al tren que le hace odiar a Todd
– secuencia por cierto rodada con una maestría digna de elogio – o el envenenamiento de Brock
que enciende la mecha de la traca final.

Mención aparte merece ese saberte el mejor en algo. Walter recuerda en una escena maravillosa
hablar de la composición del cuerpo humano con la que ha sido el amor de su vida, Gretchen,
hacían las cuentas y la química daba un 99%, el 1% restante la achacaba Walter al alma. Ahí
se nos muestra otra parte de la naturaleza de Walter antes de ser Heisenberg, el genio de la
química al que sin saberse bien por qué hacen la cama (Walter culpa a los Schwartz de haberles
fastidiado la vida) y en el camino de la química elije usar ese 1% de alma, su talento para la
venta de droga. “¿Es más fuerte el reverso tenebroso? No, más rápido, más fácil, más tentador”
dice Yoda en El Imperio Contraataca (¿ya he dicho lo de las referencias escondidas?). Ya
convertido al lado oscuro, Heisenberg, en su expiación del capítulo final, utiliza a los Schwartz
para sus fines como ellos le utilizaron a él, el círculo se cierra. Es en ese mismo capítulo cuando
Skyler le pregunta por qué lo hizo todo y confiesa: “Todo lo que he hecho lo he hecho por mí,
me gustaba, era bueno haciéndolo, y me sentía vivo”. Por fin sale el motivo oculto de todo,
Walter necesitaba a Heisenberg; todo lo de su familia estaba muy bien pero él necesitaba
a Heisenberg, necesitaba que alguien le respetara (recuerda en el capítulo final su fiesta de
cumpleaños en el que todos le tratan como a un pringado, especialmente su cuñado), necesitaba
ser feliz haciendo lo que sabía hacer. ¿Hay algo más humano que eso?

Y qué decir de ese final, Walter que ve cómo al final lo que quería se cumple: su familia recibirá
unos millones de dólares, Jesse Pinkman consigue una metanfetamina más pura que la suya (el
alumno supera al maestro y por fin Jesse es un buen estudiante de química), y Heisenberg, que
también es parte de Walter White, también obtiene lo que quiere: los nazis que se la jugaron
mueren y Lidia es envenenada con ricino, Skyler y él no se deben nada el uno al otro y Saul
Goodman desaparece de la vida de Walter como apareció, en mitad de ninguna parte. Walter/
Heisenberg finalmente cumple lo pactado con el destino y muere, pero esta vez no ha sido el
cáncer, él ha elegido morir de otra forma y se va con la satisfacción en el rostro, satisfacción
que le da el haber jugado lo mejor que ha podido una partida imposible de ganar. Todo con la
música de Badfinger, Baby Blue (hasta en esto está cuidada la serie, azul como el cristal que
cocinaba Heisenberg), que suena para dar empaque a un momento televisivo maravilloso, épico
y muy hermoso.

Breaking Bad es sin duda alguna una obra maestra, un western moderno que lo tiene todo:
el oro en forma de cristalitos azules, el desierto, el saloon de Pollos Hermanos, el sheriff
implacable del pueblo, los mexicanos, los forajidos más buscados y sobre todo el protagonista,
que no siempre fue un pistolero bueno y bondadoso, pero que al contrario de James Stewart en
El hombre de Laramie o Clint Eastwood en Sin Perdón (por mencionar a algunos de los más
célebres), no va de lo malo a lo bueno. Lo que hace esta serie tan diferente es que es justamente
lo contrario, la dualidad de Bryan Cranston casi podría desplegarse en Lee Marvin y John
Wayne en El hombre que mató a Liberty Valance, porque la principal diferencia entre estos
personajes en la película de John Ford es casi la misma que la de Heisenberg y Walter White;
Wayne y White saben amar; de ahí que la cara de Walter/Heisenberg sea de felicidad en el
momento de su muerte; ya sea por el amor a sí mismo en el caso de Heisenberg o por el amor a
su familia en el caso de Walter, y ante esa demostración de amor sólo nos queda levantarnos y
aplaudir.

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One Response to La química es nuestra amiga

  1. Álvaro Suárez says:

    Breaking bad es un cúmulo de aciertos. Muchos de ellos los has mencionado:
    El desarrollo, la ambición, la dualidad…

    Pero creo también relevante el dilema al cual nos hemos rendido.

    El camino de Jesse, el arrepentimiento.
    El camino de Skyler, la sumisión abyecta.
    El camino de Hank, la conciencia moral.
    El camino de Walter, la superación más podrida, egoísta y ambiciosa.

    Todos despreciamos a Skyler por haber sido el personaje más errático. La primera dama del emporio Heisenberg que nunca estuvo a la altura, no sé bien si para engrandecer a Walter o bien para llevarlo al desastre.

    Jesse, pese a haber tenido sus momentos de indecisión y de drama moral, mantiene una postura imprescindible para entender la serie. Es el personaje que nos enseña el mundo de las drogas y su desastre.

    Y Hank… ¿Qué cojones puedo decir de Hank?
    Hank es el contrapunto de Walter. El único personaje a su altura.

    En la trilogía del Padrino hay un punto en el que soy incapaz de suscribir a Michael Corleone. En cambio, Vince cogió a un tipo cualquiera de la calle. Un profesor con un buen título universitario, menospreciado y hundido. Una realidad que nos es muy cercana.
    Consiguió que lo despreciara y sintiera compasión por él y entonces lo llevó hasta mi admiración absoluta. Justifiqué todos sus asesinatos (y muchos que no se produjeron).
    Fue, precisamente como dices, porque aún quedaba mucha humanidad en el personaje de Heisenberg (no en el de Michael).

    Walter para mí sí es un superhéroe.
    Me cogió de mi mediocridad y me llevó a ser “le peligro”.

    The one who knocks.

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