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Published on noviembre 8th, 2014 | by Laura Muñoz

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Boyhood: la extraordinaria belleza de lo cotidiano

Los españoles de a pie tenemos poco que ver con los protagonistas de las películas. ¿Recordáis por qué Amélie decidió dedicar su vida a ayudar a los demás? Fue a raíz de encontrar una cajita guardada por un muchacho que buscaba preservar sus tesoros de la infancia. En numerosas cintas podemos ver a padres creando junto a sus hijos “cápsulas del tiempo” y enterrándolas en el jardín. Definitivamente, eso en España no pasa. Supongo que seremos más prácticos, porque en la mayoría de las casas sólo se guarda lo que le pueda servir al hermano menor, que normalmente es ropa llena de remiendos. Me cuesta mucho imaginar a un crío encontrando el mapa de Willy “el tuerto” (goonies style) en un piso de Málaga, entre otras cosas porque seguro que su madre lo habría tirado a la basura en una jornada de zafarrancho de limpieza.

 

Richard Linklater es un cineasta con tendencia a hacer algo similar con sus proyectos: crea unos personajes y los une en un momento determinado de sus vidas, dejando que transcurran por ellos los años. La diferencia es que él no crea cápsulas del tiempo para unos objetos, sino que lo hace con las personas y las relaciones que se establecen entre ellas. Ya lo hizo con Celine y Jesse en las fabulosas Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, usándolos como vehículo para expresar la complejidad de las relaciones de pareja y sus diferentes etapas. Linklater obtuvo tan buenos resultados que con Boyhood se ha arriesgado a ir un paso más allá, haciendo algo hasta ahora nunca visto en el cine: ha resumido la evolución de un niño hacia la madurez, y lo ha hecho sin cambiar de actores. Desde las primeras imágenes de la película hasta la última escena transcurren unos doce años (si bien la cinta se rodó en tan sólo 39 días), en los que los protagonistas evolucionan interna y externamente de la mano de quienes los han interpretado.

 

Nada es peculiar ni novedoso en esta cinta más allá de la forma en que se ha grabado. Su argumento es bien sencillo, como si se tratase de un guardián entre el centeno moderno y en technicolor. Boyhood narra la vida de Mason (Ellar Coltrane), su hermana (Lorelei Linklater), su madre (Patricia Arquette) y su padre (Ethan Hawke). Ésta es una historia de personas normales que llevan existencias corrientes. No esperéis efectos especiales, drogas, sexo salvaje o dramas victorianos. Se trata de una familia de padres divorciados que quieren a sus hijos y tratan de educarles lo mejor posible, de hermanos que se pelean y se reconcilian minutos después, de amigos que van y vienen. Lo maravilloso y sorprendente de esta película es la manera tan cautivadora, curiosa y tierna en que nos habla de las vidas humanas. Para Linklater no parece haber nada extraordinario en superhéroes de capa roja u ovnis que invaden el planeta, sino que él observa con auténtico asombro las pequeñas peculiaridades y coincidencias con que entretejemos nuestro día a día. Resulta maravilloso observar los cambios de los protagonistas, sentir junto a ellos la fascinación de enamorarse por primera vez, la satisfacción de ver con orgullo cómo un chaval toma decisiones importantes o sopesar los sacrificios que se hacen pensando en la estabilidad familiar. Mezcla todo eso con una banda sonora espectacular y unos actores que se funden con sus personajes y tendrás todos los componentes para crear una película perfecta, basada en la naturalidad y la belleza de lo cotidiano. Richard Linklater sólo considera dignas de guardarse en cápsulas del tiempo a las relaciones humanas.

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