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Published on Enero 14th, 2015 | by Laura Muñoz

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Birdman (o la fabulosa comedia de un drama entre bastidores)

Cualquiera, incluso el individuo más solitario, se pasa el día intercambiando información. Podemos parlotear sin parar, escribir mensajes en redes sociales u optar por el silencio, dejando que sea la comunicación no verbal la que exprese lo que queremos decir, pero absolutamente todos mantenemos un diálogo incesante con nosotros mismos. Somos la primera persona con la que entablamos conversación al despertar y la última de la que nos despedimos al cerrar los ojos, generando miles, millones de observaciones, advertencias, justificaciones, deseos y juicios de valor. Es tan imposible huir de nuestros pensamientos como desprendernos de nuestra piel, y en ambos podemos observar los cambios que van produciendo los años.

 

Riggan (Michael Keaton) es un actor que vio pasar sus días de vino y rosas hace tiempo. Quien fuera pionero en enfundarse un traje de superhéroe, obteniendo éxito y reconocimiento interpretando a Birdman, ahora se ve en la cuerda floja, apostándolo todo en la adaptación teatral de la obra De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Director, guionista y protagonista de su función, tiene que lidiar no sólo con la pésima relación que mantiene con su pareja (Andrea Riseborough) y su hija Sam (Emma Stone), sino también con los delirios de un genio de los escenarios (Edward Norton) y una molesta voz interna que le recuerda constantemente los fracasos de su vida.

 

Birdman es una cinta tremendamente creativa, en la que Alejandro González Iñárritu ((Babel, 21 Gramos, Amores perros), pone en evidencia los fantasmas a los que se enfrentan los actores (Hollywood, Broadway, tanto da), haciendo añicos el espejismo de la fama y sus mieles. La manera en que está filmada, regalándonos primerísimos planos de un Michael Keaton en estado de gracia, contribuye especialmente a que el espectador se sumerja en ella, experimentando en sus propias carnes las pulsiones de un hombre que lucha por demostrar, tanto a sí mismo como a los demás, que puede seguir brillando. Mención aparte merece Edward Norton, un actor siempre perfecto al que por desgracia hemos visto en algunos papeles que le desmerecían. Vuelve por sus fueros, y ésa siempre es una gran noticia para los cinéfilos.

 

Birdman tiene el sabor de las comedias de enredo clásicas como ¡Qué ruina de función!, pero su esencia la asemeja más a una Lost in Translation bañada en carcajadas. Iñárritu, experto en crear dramas densos, ha logrado cambiar su estilo sin renunciar a sus inquietudes, y ello le ha valido para rodar la más hermosa de sus películas. Sus protagonistas están tan angustiados, perdidos y desamparados como en sus anteriores filmes. Su aura de misticismo trágico les sigue acompañando, pero en esta ocasión también se saben reír de sí mismos y sus circunstancias. Birdman no es que se adentre en la piel de sus personajes, es que profundiza hasta el hueso, dejando expuesta la naturaleza que les mueve y les guía, que les da alas y les condena. Lo que la convierte en una cinta excepcional es saber mezclar el desencanto, el miedo y la furia que exhibe en su metraje con la ligereza de situaciones surrealistas y la redención del amor, la amistad, el orgullo propio y los aplausos.

 

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