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Published on enero 17th, 2014 | by Laura Muñoz

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¿Qué ocurre después del “y comieron perdices”?

En 1995 Richard Linklater (director), Ethan Hawke (actor) y Julie Delpy (actriz) estrenaron Antes del amanecer, primera entrega de una trilogía que finalizó en 2013. En ella conocimos a Jesse y Celine, dos jóvenes estudiantes universitarios que se encuentran por casualidad en un tren y que, tras experimentar una conexión muy intensa, deciden pasar un día deambulando juntos por Viena. Realizada de forma casi teatral, ya que prima el diálogo sobre todo lo demás, esta cinta nos muestra el inicio de un romance, en el que los gestos y las miradas tienen casi tanta importancia como las palabras. En 2004 el mismo equipo se reunió para crear un guion más sólido y amargo. Antes del atardecer aborda la evolución de los personajes como seres humanos en estos años en que no han tenido contacto. Recorriendo con ellos las calles de París nos cuentan qué ha sido de sus sueños de futuro, de la idea que tenían del amor y de sus respectivos cambios hacia la vida adulta. La treintena implica madurar, pero también perder cierto entusiasmo idealista. Sus elecciones les han llevado por caminos muy distintos, en algunos puntos irreconciliables, pero es palpable el ansia con que desean recuperar lo que un día fueron y sintieron.

 

Nueve años más tarde nos rencontramos con Jesse y Celine, que están pasando unos días de vacaciones junto a sus hijas en Grecia. Si la primera entrega giraba en torno a una promesa y la segunda presentaba una nueva oportunidad, Antes del anochecer es el colofón perfecto para un romance atemporal. La fórmula es la misma que en sus dos cintas predecesoras: paseos en coche o a pie, diálogos inteligentes y ágiles, una ciudad por descubrir y dos personajes magistralmente trabajados. El único cambio es la introducción de caracteres secundarios, lo que ayuda a ofrecer una visión aún más profunda de las diferencias y aproximaciones existentes entre hombres y mujeres, generaciones y culturas.

 

No creo que definir a esta película como “rómántica” le haga justicia. La historia se basa en una relación de pareja, pero lo hace porque enamorarnos es uno de los hechos más importantes que nos suceden en nuestro crecimiento personal, y éste es un vehículo perfecto para desarrollar una trama que ahonda mucho más allá. Lo genial de esta trilogía es que no se limita a repetir el trillado esquema hollywoodiense de “chico conoce a chica, ambos se enamoran y viven felices para siempre”, con más o menos enjundia de por medio. Linklater, Hawke y Delpy han sido mucho más ambiciosos, llevando a sus personajes al extremo en determinados aspectos, pero haciéndolo de forma natural y honesta en todo momento. El trabajo de los actores es impecable, pasando de la química inicial a la complicidad final.

 

La elección de los escenarios no es casual: Viena es bohemia y deslumbrante, París es la ciudad del amor por excelencia y Grecia, con su mitología, es el marco perfecto para culminar una tragicomedia. Así, este desenlace plantea qué implica realmente el “y comieron perdices”. Cómo la pasión y el frenesí inicial van dando lugar al cariño, la admiración y el respeto. Lo que implica ser padres y dejar de ser el protagonista de tu propia vida porque tus prioridades cambian. El sexo, las risas, la infidelidad, los celos, el aburrimiento, la magia de los pequeños detalles, los sacrificios que se realizan en pos de un bien común, comprometerse verdaderamente con alguien, las reconquistas diarias,… Antes del anochecer es la cotidianidad hecha arte.

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